En los talleres para las familias de Fundación Viva, una de las principales preocupaciones que manifiestan las parejas que deciden terminar la relación, es sobre si los cambios pueden repercutir negativamente a los menores. La incertidumbre por cómo afectará a la vida estos cambios les lleva a dudar sobre su capacidad para ser los mejores padres y madres.

La tristeza por la pérdida que ocasiona poner fin a una vida en común, acompañada por el temor a perder el contacto con los hijos, la angustia, la ansiedad… son expresiones que se repiten en las parejas que pasan por un proceso de divorcio. La principal motivación es seguir siendo padre y madre, aunque la pareja termine.

Las parejas que llegan a sus propiso acuerdos, entienden que sus hijos, al no verse expuestos a la conflictividad del divorcio contencioso, presentan mejores niveles de ajuste a largo plazo que los niños cuyos progenitores  bien permanecen juntos en una convivencia con alto nivel de conflictividad o incluso despues de la ruptura continuan sus disputas, haciendo partícipes a los menores de sus trifulcas. Entre los conflictos más difíciles de resolver en los procesos de ruptura y que mayor ansiedad genera a todos los miembros de la familia, especialmente a los niños, se encuentran los conflictos sobre la pauta de contacto y relación a establecer entre los progenitores y sus hijos tras la separación o divorcio.

El divorcio es un factor estresante que se ha considerado como potencialmente responsable de las respuestas neurobiopsicológicas inadaptadas y de deterioro de la salud física de los niños. El desajuste en el desarrollo de los niños no es provocado por el divorcio en sí, sino por otros factores de riesgo asociados, como los conflictos entre los padres, la psicopatología parental, la disminución en el nivel socio-económico, la inconsistencia en los estilos de crianza de los hijos, una relación de coparentalidad paralelas y contradictorias entre los padres y los bajos niveles de apoyo social.

El impacto en los niños de los efectos del divorcio obedece a la forma que los progenitores tienen a la hora de afrontar la ruptura, y no tanto del divorcio propiamente dicho.