“Ahora entiendo por qué no me llevo bien con mi hermano”. Alicia, una niña de 1º de la ESO, respondió con este titular cuando en los talleres de educación para la convivencia entre iguales reflexionó sobre el efecto que produce sentirse comparada.
“Le pongo ejemplo de mi hija y de los hijos de unos amigos que sacan buenas notas”. Esta fue la respuesta de Juan, padre de uno de los alumnos del mismo curso de Alicia, cuando en la tercera sesión de terapia familiar le pregunté de qué manera reaccionó al saber que su hijo David tenía que repetir este curso. Rosa, la madre de David, añadió que también le dicen lo que tiene que hacer para aprobar y le castigan sin móvil. Ante esta respuesta, les pregunto, ¿cuál es el objetivo que quieren alcanzar con esta actuación?. Los dos tienen claro que lo que les gustaría sería que su hijo se esforzase y aprobase.
Estos son dos ejemplos muy habituales de los conflictos familiares. Los problemas que generan las relaciones fraternas tienen múltiples causas, los celos o deseo de competir, a veces están provocados por la comparación entre hermanos. A esto suele contribuir el adulto que tiende a pensar que será beneficioso para sus hijos poner como modelo el buen comportamiento del otro, sin darse cuenta que esto puede provocar sentimientos negativos que afectan al vínculo familiar.
Después de explicarles la repercusión que tienen las comparaciones, sugerí a Juan y a Rosa, que recordasen alguna situación vivida en su infancia y adolescencia de este tipo. La respuesta de Rosa fue rápida. Rosa quiso compartir como la comparación constante con sus primas podría haber contribuido al sentimiento que le provocaba pensar en ellas, a las que consideraba superiores.
A partir de esta reflexión, Rosa y Juan, por una parte, se comprometieron a evitar las comparaciones. Además de poner en práctica una herramienta trabajada en sesiones anteriores sobre comunicación asertiva, como medida alternativa para abordar los problemas con sus hijos.